Mi historia

Photo by Amaya Sanz
Hola, soy A.G.R. Goff y escribo thrillers psicológicos.
Crecí en Leipzig, en la antigua Alemania del Este, mucho antes de que cayera el Muro de Berlín. Por aquel entonces había poca televisión, los videojuegos ni los conocíamos y estábamos muy lejos de todas esas distracciones que hoy forman parte de nuestra vida. Así que yo leía. Muchísimo. Siempre me ha encantado leer y, ya de pequeña, podía pasarme horas metida en un libro, completamente ajena a lo que ocurría a mi alrededor. Para mí, leer era mucho más que una forma de pasar el tiempo.
Llevábamos una vida bastante sencilla y muchas de las cosas que hoy nos parecen normales entonces ni existían. Pero imaginación no nos faltaba. Los libros me permitían descubrir mundos que de otra manera jamás habría conocido. De vez en cuando llegaban pequeños tesoros de Alemania Occidental: chocolate, ropa y otras cosas que allí seguramente eran de lo más corriente, pero que a nosotros nos parecían casi de otro planeta. Venían de un lugar que, aunque geográficamente estaba muy cerca, parecía estar a años luz de nuestra realidad. Esa sensación de que, más allá del mundo que conocíamos, existía una vida completamente distinta nunca me ha abandonado del todo.
Entonces cayó el Muro de Berlín y, de repente, cambió prácticamente todo lo que había conocido hasta ese momento. Hoy cuesta explicar lo enorme que fue aquel cambio. De pronto, se nos abrieron puertas que antes ni siquiera nos habíamos atrevido a imaginar. Pero, al mismo tiempo, desaparecieron muchas cosas que durante décadas habíamos dado por sentadas. Mucha gente perdió su trabajo, las seguridades de siempre se esfumaron, el sistema educativo y otras estructuras que conocíamos cambiaron por completo, y los planes de futuro de muchas personas se vinieron abajo. Para numerosas familias, la vida dio un vuelco en muy poco tiempo, hasta en los detalles más pequeños del día a día.
De cara al resto del mundo, la caída de la RDA se celebró como una gran victoria. Pero había algo que a menudo se pasaba por alto: habían sido los propios alemanes del Este quienes habían salido a la calle para manifestarse y reclamar su libertad, aun sabiendo lo mucho que arriesgaban. Su valentía había sido fundamental para la caída del Muro. Y, sin embargo, fueron precisamente ellos quienes después acabaron sintiéndose, en muchos casos, como ciudadanos de segunda.
Para mí, el fin del comunismo fue y sigue siendo algo positivo. Pero el entusiasmo que se veía en los medios y en los discursos oficiales tenía poco que ver con lo que muchas personas estaban viviendo. De repente, se esperaba que todo el mundo estuviera agradecido, mientras se les daba a entender que su vida hasta entonces, su trabajo y todo lo que habían conseguido apenas valían nada. Como si llevaran décadas haciéndolo todo mal y ahora alguien tuviera que enseñarles cómo se vivía de verdad. Hasta nuestro acento sajón pasó a ser motivo de vergüenza.
Todo aquello me marcó. Ver cómo se aplaudía a unas personas por su valentía y cómo, poco después, esas mismas personas tenían que dar explicaciones por la vida que habían llevado hasta entonces es algo que no se olvida fácilmente. Esa diferencia entre lo que se cuenta públicamente y lo que la gente vive de verdad es algo que sigue dándome que pensar. Y, de una forma u otra, también aparece una y otra vez en mis libros.
En mis libros puedo explorar precisamente los temas que siempre me han interesado: la traición, la diferencia entre las apariencias y la realidad, el poder y esos momentos en los que la vida cambia de un día para otro. Esos momentos que marcan un antes y un después.
Las despedidas y los nuevos comienzos también aparecen a menudo en mis historias. Porque la vida real rara vez sigue las reglas de una buena novela. Los finales felices están muy bien, pero las cosas no siempre salen así.
Para mí, lo que de verdad importa es cómo afrontamos lo que nos sucede. Cómo nos adaptamos, nos levantamos después de una caída y seguimos adelante cuando nuestra vida cambia por completo. Incluso cuando acaba siendo muy distinta de la que un día habíamos imaginado.


Photo by Amaya Sanz
Más adelante conocí al que sería mi marido y me mudé al Reino Unido. Con el tiempo, el inglés se convirtió en algo tan natural para mí como vivir en aquel país, que acabó siendo mi segundo hogar.
Después nos fuimos a Sudáfrica buscando un nuevo comienzo, pero allí perdimos todos nuestros ahorros en una estafa. A eso se sumaron los problemas económicos, las enfermedades y varios accidentes graves en mi familia. Todo lo que habíamos construido empezó a tambalearse.
Durante aquellos años, escribir se fue convirtiendo en algo cada vez más importante para mí. Me ayudaba a superar los momentos difíciles, a aclarar mis ideas y a intentar encontrar respuestas a preguntas que muchas veces no las tienen.
En 2021, mi marido murió de COVID-19 y mi vida volvió a dar un vuelco. Escribir no hizo que la tristeza desapareciera, pero me ayudó a sobrellevarla y, poco a poco, a seguir adelante.
Mi siguiente aventura me llevó a España. Ya había vivido en varios países, pero esta vez había una gran diferencia: era la primera vez que me mudaba a un lugar sin hablar el idioma. De pronto, hasta las cosas más sencillas del día a día se complicaban. Y fue entonces cuando empecé a encontrarme con los famosos «falsos amigos», esas palabras que se parecen mucho en dos idiomas, pero que significan cosas completamente distintas.
De ahí surgió la idea de mi serie de thrillers psicológicos Falsos Amigos. Aquellas confusiones con el idioma me hicieron recordar mi infancia en Alemania, un país dividido en dos donde todos hablábamos la misma lengua, pero donde la forma de ver la vida podía ser muy diferente a un lado y otro del Muro.
Y, por supuesto, los falsos amigos también existen fuera de los idiomas. A veces creemos conocer bien a alguien, confiamos en esa persona y solo cuando ya es demasiado tarde descubrimos cómo es en realidad. Esa combinación de confianza, engaños y el lado más oscuro de las personas es algo que siempre me ha fascinado y que sigue inspirando mis historias.

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